Barrio Mío

CHAMUYANDO EN EL BAR CONDE

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Mi gripe se había ido. Fueron necesarios unos días de cama para neutralizar el virus y una semana entera para que las secuelas no entorpecieran mi vida cotidiana. Ya repuesto, un mediodía de junio, me encontró almorzando con «El Cinéfilo» un guiso de lentejas, en el sector del fondo del Bar Conde.
La «Crónica», abierta sobre la mesa en la sección deportiva, informaba sobre una importante efeméride: se cumplía un nuevo aniversario del primer título mundial obtenido por la Selección, en 1978.


Pero el titular pasó inadvertido. Como de costumbre en los últimos encuentros, en principio se imponía la consulta sobre el estado anímico de mi amigo. «Ahí ando, haciendo el duelo», deslizó. Habían transcurrido un par de meses desde su separación. Por una de sus reflexiones, tuve la certeza de que le estaba costando sacársela de la cabeza: «La siento muy cerca. Siento que me la voy a cruzar en cualquier momento y si es así, no sé cómo voy a reaccionar».
Le sugerí que no intente llamarla ni verla. Asintió y tiró otra reflexión que le brotó desde lo más íntimo: «Es imposible entender a las mujeres. Me acuerdo de los días en que nos estábamos separando, y que yo hacía buena letra para tratar de recuperarla. A la mañana estaba todo bárbaro: éramos la pareja perfecta, ella parecía súper enamorada de vuelta. A la noche, después de haber estado todo el día juntos, de haber salido, de pasarla bien, dijo que no quería verme más… Y no hubo ni peleas ni discusiones. Nada. ¿Podés entenderlo vos?».
Guardé silencio. Preferí no echar más leña al fuego. Nico necesitaba seguir su duelo. De pronto, clavó la mirada en el diario y lanzó: «Una película habla de esto: La Fiesta de Todos».
El Mundial ‘78 dejó muchisima tela para cortar. Y al cine también llegaron las esquirlas de la euforia experimentada por la Argentina futbolera (y no tan futbolera) en aquel año imposible de olvidar. «Pero esa fue una película con la que el gobierno militar hizo propaganda política», procuré invalidar, desde mis limitados conocimientos en materia cinematográfica. Nico no estuvo en un todo de acuerdo:
-En un punto tenés razón. ¿Pero vos la viste?
-Completa no. Algunos fragmentos que pasaban después en la tele.
-Entonces te voy a explicar. Es cierto que los milicos aprovecharon la parada para hacerse propaganda y que a dos cuadras de la cancha de River estaban torturando gente en la ESMA. Eso no se discute. Pero no invalido la película por esa cuestión. Yo dejo de lado los segmentos donde el guión pretende ensalzar al gobierno (lo interrumpo)…
-¿Por ejemplo?
-Al comienzo, donde Roberto Maidana pronuncia un monólogo institucional; o en otras partes, a través del relato del recordado Gordo Muñoz… Te decía que dejando de lado eso, es un excelente documental, combinado con sketches donde laburan artistas grosos: Juan Carlos Calabró, Luis Sandrini, Ricardo Darín, Ulises Dumont, Mario Sánchez, Ricardo Espalter, los hermanos De Grazia, Nélida Lobato y un montón más. Además hay periodistas, escritores: Néstor Ibarra, Macaya Márquez, Roberto Ayala, Diego Bonadeo, Héctor Drazer, Félix Luna, Martha Lynch… El inicio, a continuación de la introducción de Maidana, es con las imágenes de Alemania-Polonia, el partido inaugural. Relata Muñoz, que dice: «El Mundial será nuestra imagen en el exterior». Casi en forma simultánea, enfocaban a la Junta Militar. Y a Muñoz, en la cabina, lo acompaña Roberto Ayala, que informa la temperatura: «17 grados, 4 décimas».
-¿Así que documentalmente lo considerás bueno?
-Sí, porque encontrás imágenes de los partidos, de las tribunas, de los hinchas de cada país. A mí, que tanto me interesan esas cosas, nunca las había visto en ningún lado. Me contaron que las filmaciones eran de unos brasileros y que las vendieron después de haber sido eliminados. Y además está la parte de ficción. Ahí ves a los actores cómo estaban físicamente en aquellos años, cómo se vestían. La ropa de la época, los peinados. Capaz para otro es una pavada, pero a mí me divierte, lo disfruto, qué sé yo…
-No sé si te divertís o lo sufrís. Porque en esos cambios ves reflejado el paso del tiempo.
-Puede ser, puede ser. Es una mezcla de ambas cosas. Pero sufrir, no. De ser así, no lo miraría.
-O sí, por ahí en tu personalidad se esconde un masoquista.
-¿Vos decís? No creo. Pero bueno, voy a tener que seguir yendo a terapia.

Nico aceptó mi ácida observación y ensayó la autocrítica, siempre en tono distendido. Pero estaba tan compenetrado en recordar cada detalle, que siguió metido en la narración.
-A los cinco minutos sale el primer sketch. Son los hombres de una familia
sentados adelante de la tele, como embobados viendo el partido. Ulises Dumont es el padre, Darín uno de los hijos, también hay un nene y el abuelo. Dumont le advierte a la esposa, Elsa Berenguer: «Mientras dure el Mundial, los hombres de esta casa no existimos». Y la señora, con la otra hija, Silvina Rada, que se horrorizan. No quieren saber nada con el fútbol. Son episodios cortitos, simpáticos. Pero el que se morfa la película es Calabró.
-Interpretando al Contra ¿no?
-Sí, sí. Su primera intervención es en la oficina, con los compañeros de trabajo: Rudy Chernicoff, Alfonso De Grazia y Aldo Barbero. Todos están como locos por el Mundial y él opina siempre lo contrario. Primero, se queja por el grupo que le tocó a Argentina, con Italia, Francia y Hungría: «Había que adornar al pibe de las bolillas y nos traíamos la mejor zona, con Irán Túnez y México». Después rezonga por el partido inaugural: «Lo que importa son los goles, Alemania-Polonia de fútbol no tuvo nada». Entre las diferentes situaciones de comedia van dando imágenes de los partidos y comentarios de los periodistas.


-¿Cuál es el próximo sketch?
-Otra vez Calabró, ahora jugando a la paleta con los mismos muchachos de la oficina. En un descanso vuelven a hablar del Mundial y para el Contra siempre está todo mal. Enseguida dice que no quiere jugar más, que físicamente no anda bien. Y se prende un cigarrillo. Es muy bizarro.
-Tené en cuenta que en esos años El Contra tenía su propio programa.
-Sí, sí… estaba en su apogeo, y eso lo aprovechan muy bien en la peli. Después hay una parodia de Ricardo Espalter, que interpreta a un técnico ruso o algo así. Está dando la charla técnica con un pizarrón. Les habla a los jugadores y no se le entiende una palabra… A propósito. Espalter también estaba en la cresta de la ola porque hacía Comicolor con los otros actores uruguayos: Almada, D’Angelo…
-¿Todavía no debutó Argentina?
-No. Antes aparece Menotti, hablando para la cámara. «De la única manera que podemos jugar bien es jugar limpio», dice. Y que la Selección será de todos o no será de nadie. Ahí nomás muestran una entrenamiento en la Fundación Salvatori y después, un buen resúmen del 2 a 1 contra Hungría, con relatos de Muñoz. Se escucha bien fuerte el famoso «vamos vamos Argentina/ vamos vamos a ganar/ que esta barra quilombera/ no te deja no te deja de alentar…». Lo más lindo es ver a la gente en la tribuna: el entusiasmo, los cantitos, las caras de felicidad en los goles…


-¿Y Mario Sánchez?
-Hace de vendedor de banderas, afuera de la cancha. «El que no compra es porque es francés», se la pasa gritando. Era justo antes de enfrentar a Francia. «A cien lucas la banderita, a cien lucas», les insiste a los hinchas. Como la venta es buena sube el precio y las termina despachando a doscientos. Un chanta. Aunque está presentado como para que el espectador se ría… En otro sketch, Alberto Irizar hace el papel del dueño de un bar. Por supuesto, gallego…
-Irizar, el que actuó en Polémica en el Bar. Era el dueño del boliche.
-Claro, para la misma época. El asunto es que España ni se clasificó para la segunda ronda y el gallego, que estaba nervioso, no se resignaba: «Cuando llegue el momento saldrá a relucir la sangre española, ¡olé!». Uno de los que está con él es otro actor español, Tacholas. El que en la película El Crack, 18 años antes, era el padre de Osvaldo, el protagonista. Enseguida se ve la derrota de España con Brasil y un compilado de jugadas varias, con la modalidad ése del para adelante y para atrás: el fútbol-ballet. Hoy ya no tendrían ningún atractivo pero para la época era una novedad.
-¿Y la familia de Darín? Esos no aparecieron más…
-Vuelven para el partido contra Italia. Resulta que las mujeres de la casa, que odiaban el fútbol, se convirtieron en más fanáticas que los tipos. Dumont protesta: «Son las siete de la tarde y no almorzamos, esta casa es un desastre, no tengo una camisa limpia, con tanto Mundial ya no tienen tiempo para nada». Cuando mete el gol Italia, por festejarlo, casi lo linchan al Nono. «¿Ahora se viene acordar que es italiano?», le echan en cara.
-Es que contra Italia fue nuestra única derrota.
-Sí, y Mario Sánchez, que vendía «a 150 lucas la banderita», la termina ofreciendo a cien. «Vamos qué estamos de remate…» Andá a saber cuánto serían cien lucas de 1978… Ahí otra vez la rompe el Contra.
-¿Qué pasa?
-Con los compañeros se van de la cancha en un Renault 6. Calabró les quema la cabeza: «No les dije que no le podíamos ganar a nadie». Alrededor todos se bajan y se van a celebrar que Argentina igual pasaba de ronda. Los tres amigos hacen lo mismo y lo dejan solo a él, que encima no sabía manejar. «¿Qué festejan, no ven que perdimos?». Le empiezan a tocar bocina para que arranque y grita que está sin batería. ¡Excelente!
-¿Y no entrevistan a ninguno de los jugadores?
-No, al que sí reportean antes de jugar con Polonia es a Menotti, que entre otras cosas elogia la cancha de Rosario Central. «El viejo estadio que me permitió ser hombre de futbol, hoy es un maravilloso escenario». Ahí mandan el 2-0 a los polacos, con un Kempes en impresionante nivel. Y en la previa al 0 a 0 con Brasil, otro episodio disparatado. ¿Te acordás de Elena Sedova?
-La verdad que no.
-Es una rubia que laburó en mil novelas. Resulta que estaba en la peluquería. ¿Sabés quién era el peluquero? Miguel Jordán, otro actor que trabajó en cualquier cantidad de películas y tiras cómicas. A la rubia le estaban cortando el pelo, pero iba a empezar el partido y el tipo no tenía la menor idea del Mundial. Con el local lleno de clientas, lo empiezan a amenazar: «¿Qué sos, marciano? Prendé la tele o te rompemos el negocio». Una de las mujeres era Susú Pecoraro.
-Unos días más tarde fue el famoso 6-0 a Perú, donde la Selección tenía que ganar por lo menos por cuatro goles para estar en la final.
-Antes de mostrar el compacto, lo fajaron a Calabró en un colectivo.


-¿En serio? Dale, contá…
-Kempes ya era el mejor jugador argentino. Pero él le daba con un caño: «Es el mayor culpable, por su culpa estamos como estamos. ¿Si es tan bueno por qué no hizo cuatro goles contra Polonia? Ahora gracias que arañamos un cuatro puesto». Los pasajeros se le van al humo y termina con la cabeza vendada. Dentro de todo ese barullo Calabró alcanza a mencionar una frase que parece sacada de contexto en medio la dictadura.
-¿Qué frase?
-Las ideas no se matan. Un genio. Ah, y uno de los extras del colectivo es Mario Woinski, un grandote que a partir de esos años trabajó en un montón de programas y películas.

A esta altura, ya no me sorprendía la capacidad de Nico para recordar al pie de la letra semejante número de escenas, apellidos y trayectorias. Todo lo que su mente era capaz de retener, mi amigo lo respaldaba con investigaciones. Lo que sí me asombraba, es que nunca pensó en estudiar algo relacionado al cine. Era un apasionado, pero sin dejar de ser un simple aficionado.
-En esta parte actuaron juntos por última vez Luis Sandrini y Malvina Pastorino, y haciendo de marido y mujer, como en la vida real. Luis llega a la casa desmoralizado, porque la Selección tenía que golear a Perú: «Me voy a dormir, no puedo ni verlo, prefiero enterarme mañana en los diarios», le dice a la esposa, que intenta convencerlo de que todavía no está dicha la última palabra. Pero él igual se va a la cama. Después, viene el resúmen del 6 a 0. Malvina lo despierta y Luis no puede creer el resultado. Metido en la cama y todo, estaba vestido con ropa celeste y blanca. Agarran una bandera de Argentina y salen a festejar.


-Lo próximo ya debe ser lo último, la final con Holanda.
-Sí, todos querían estar en ese partido. Se muestran recortes de los diarios, en la sección clasificados: cambio auto chico por seis plateas, cambio fiambería en Villa del Parque, por ocho plateas. Y así. Eran avisos de verdad, eh… Ahí aparece por primera vez Julio De Grazia, como dueño de una verdulería. Llega un tipo, que es Gogó Andreu, y firman unos papeles para transferirle el negocio a Gogó, a cambio de las entradas. Atrás de Julio está su mujer, que llora desconsoladamente esperando que no cometa esa locura. Pero ya es tarde.
-¿Y Calabró?
-Los amigos se suben a un camión para ganar un lugar cerca del Obelisco, pero él intenta desanimarlos: «Contra Holanda no tenemos chance». Pero cuando el camión se va, él se calza un gorrito y se pone a cantar Ar-gen-tina, Ar-gen-tina. Lo último antes de la final es Mario Sánchez queriendo vender las banderas cada vez más caras. Primero a un palo, después a dos… Ahí empalman con el compacto de Argentina-Holanda.
-¿Relata Muñoz?
-Sí aunque no es el relato original. Es muy similar pero no usaron el de la radio sino que lo grabaron nuevamente al hacer la película. Si ves las imágenes del partido te emocionás. Yo no viví el Mundial por un tema de edad y se me puso la piel de gallina. Me imagino los que sí lo vivieron. Al final hay un plano de Félix Luna, exaltando las bondades de los argentinos. «Esto es lo más parecido que vi en mi vida a un pueblo maduro, vibrando con un sentimiento común sin que nadie se sienta derrotado, marginado, y sin que la alegría de unos signifique la tristeza de otros. Esta fue nuestra mejor fiesta porque fue la fiesta de todos». También Marta Lynch dice algo por el estilo.
Permanecí dos segundos mirándolo fijamente. Quería que emitiera una opinión más allá de las preguntas. Y así lo hizo:
-Es complicado separar pero de mi parte, trato de hacerlo. Es como te dije: por ahí los críticos de cine a la peli la hayan destrozado, pero a mí me encantaron las participaciones de los artistas y la parte documental. Me quedo con eso. El resto es claramente propaganda política, que no me interesó ni medio.


-¿Quién la dirigió?
-Sergio Renán, que venía de rodar La Tregua y Crecer de Golpe, dos peliculones, el último, prohibido por el Proceso. Incluso Renán fue el autor del guión junto con Hugo Sofovich y Mario Sábato, que figuró con el seudónimo Adrián Quiroga. Más adelante confesó estar arrepentido de haberla filmado. Por Internet andaba dando vueltas un reportaje en La Nación donde reconoce que se equivocó, no por razones ideológicas sino artísticas. «No debí hacerla y eso nunca me lo voy a perdonar», declaró.

A las dos de la tarde de las lentejas no había rastros. Tampoco de los postres: flan mixto en ambos casos. En un ataque de generosidad, la cuenta había sido saldada por mi tarjeta de crédito, y los planes para un futuro encuentro, ya estaban trazados. «¿Nos juntamos la semana próxima?», inquirí. Nico aceptó instintivamente:
-Dale, nos hablamos.

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