Barrio Mío

CHAMUYANDO EN EL BAR CONDE

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El invierno había hecho su entrada. Aquel gélido atardecer de junio era testigo. Los guantes, la bufanda, la campera… La incómoda tarea de ponerse y sacarse toda esa maquinaría anti-frío varias veces al día, no eran un freno contra las ganas de volver al viejo bar y saborear un buen café con leche para calentar el cuerpo, acompañado, por supuesto, de dos o más medialunas. En mi caso, pedí de manteca. «A mí traéme de grasa», solicitó Nico.
Hacía varias semanas que no nos veíamos. Al «Cinéfilo» le costaba encontrar huecos en su rutina diaria. El intento por olvidarse de su chica, lo estaba llevando a completar su agenda -imaginaria, porque no usaba- con nuevas actividades. «Estoy haciendo terapia», comentó. Esperó a que yo le diera pie y contó algo más.
-No volví a verla ni a hablar con ella. Debe estar saliendo con el otro.
-Y vos, ¿cómo estás?
-Y… acá ando. La angustia que me traía esa incertidumbre del tira y afloja se fue yendo. Queda el dolor y la sensación rara de saber que está con otro. Pero lo voy a superar… Tengo la conciencia tranquila porque cuando tenía que luchar, luché. No se dio, pero hice todo lo que estaba a mi alcance. Y me abrí a tiempo, porque de seguir insistiendo, hubiéramos salido lastimado todos.

Lo vi bien a Nico. Ya no era el «trapo de piso» de los últimos encuentros. Estaba firme para dar batalla y salir del pozo. Admiré su esfuerzo para no abandonarse, para no dejarse caer en la cama a llorar… De pronto, una figura conocida ingresó por la puerta de Lacroze. Era Esteban Lamothe. En el bar suele parar gente de la farándula: músicos, artistas, periodistas… Nadie los molesta. No los interrumpen ni siquiera para una foto.
«A veces viene con su hijo chiquito», informó Ariel, mientras ponía las tazas en la mesa.
-Un día vamos a hablar de El 5 de Talleres. Ahora te quiero seguir contando sobre las pelis viejas. Esas sí que me encantan.
Lamothe había sido protagonista de una película hacía muy poco, en 2014. Interpretaba a un jugador de fútbol de ascenso. Pero Nico estaba empeñado en hacer referencia a los grandes clásicos de antaño. Mencionó a El Crack. Y le devolví la pared…
-Pero esa ya me la contaste.
-No, ese era El Hijo del Crack. Aquella de Armando Bó no tiene nada que ver con ésta. Sólo se llaman parecido. El Crack es de 1960. La dirigió José Martínez Suárez en base a una obra teatral de Solly. Fue su ópera prima.


-¿Y de qué se trata?
-De los chanchullos del fútbol. La guita que se mueve alrededor. Las coimas. Los arreglos. La corrupción. Parece increíble, uno quizás piensa que es una cosa bastante reciente. Pero hace 60 años ya el asunto estaba podrido. Y en la peli deschavan todo…
-¿Con nombre y apellido?
-No, no deja de ser una ficción. Aunque perfectamente podría estar inspirada en casos reales. Es la historia de Osvaldo Castro, un jugador de Deportivo 3 de Febrero, un club imaginario que participa en Tercera de Ascenso. El pibe la rompe en los potreros y el Central, una institución de Primera, lo quiere comprar. Ahí te empiezan a mostrar la otra cara del fútbol. Pero primero te describo la situación.

Nico se tomó diez segundos para mojar la medialuna en el tazón de café con leche. De un bocado, se comió más de la mitad. Habiendo hecho yo lo mismo, continuó con la narración.
-Este Osvaldo Castro está interpretado por un actor que se llamaba igual. No tuvo mucha trayectoria en el cine. Se trata del hijo de un matrimonio de gallegos, que atendían una despensa en un barrio muy humilde. Como está cerca del Riachuelo, supongo que podría ser La Boca, Barracas o incluso Avellaneda. El tema es que el pibe era un crack y se la pasaba jugando al fútbol en su club y en los potreros. El viejo, Paco, no quería saber nada y la madre lo defendía, quería que triunfe en el fútbol.
-¿Quienes eran los actores?
-La madre, Aída Luz; el padre, Fernando Iglesias, alias Tacholas, español de verdad, de pura cepa gallega. Un personaje. «Dale que dale a la pelota, pero trabajar, nunca», le reclama a la esposa. Y ella apaña al nene. En un momento, Paco le da una cachetada a Osvaldo, cuando el pibe le dice: «Yo no me voy a pudrir en este boliche». Después hay personajes secundarios, como los muchachos del barrio, que apoyan al crack para que pueda ser transferido. El que más se destaca es Marcos Zucker.
-¿Y? ¿Lo venden?
-Al final sí, pero cuesta, porque al ser menor, tiene que firmar el padre. Pero se resistía. «Mi chico no juega más al fóbal -gritaba-, su porvenir está aquí, no dando patadas como un burro». Ahí interviene Jorge Salcedo, que hace el papel de Ricardo, el dirigente corrupto. Lo va a ver a la despensa. Después de pagar una ronda de wiskys, le cuenta a Paco que su hijo va a ganar 15 mil pesos por mes: una fortuna. El gallego firma y todos festejan.


-¿Hay escenas en canchas de verdad?
-Sí. Antes de de firmar, juegan un amistoso el Central contra 3 de Febrero, para probar a Castro, porque todavía no estaban convencidos de comprarlo. Ese partido es en cancha de Huracán. Más adelante creo que también en Chacarita, Platense, Argentinos. Y al final en San Lorenzo. En el vestuario de Huracán, los futuros compañeros le hacen el vacío.
-¿Cómo?
-Uno le dice: «Si esperás que nosotros te hagamos un pase te vas a morir de frío». El técnico escucha y se enoja: «Al equipo lo dirijo yo». Y se mete Ricardo, el dirigente, que lo encara al técnico: «Si ni con toda la policía atrás los jugadores te hacen caso a vos». Entonces a Castro le empieza a caer la ficha de que no todo en el fútbol es tan lindo como parecía. A todo esto, el centrodelantero que venía a reemplazar Castro, un tal Ramiro Pérez -interpretado por Enrique Kossi- acababa de ser vendido a España. El guión te muestra la negociación en la que este Ricardo y varios directivos más se quedan con un vuelto importante en el camino.


-¿Pero cómo le fue en el amistoso? ¿Le pasaban la pelota?
-No, el único que lo apoyaba era el más veterano del equipo. ¿Sabés quién hace el papel? ¡El Charro Moreno! El de La Máquina de River.
Después de ver la película me fijé en internet y todavía estaba en actividad. Jugaba para Independiente de Medellín. Tenía 34 años. Se ve que lo hicieron filmar en algún tiempito que estuvo de paso por Buenos Aires. Al año siguiente se retiró. Pero te sigo contando: a pesar de que los compañeros no se la daban, Castro hace los dos goles del partido y los dirigentes se deciden a comprarlo. Entonces el chanta de Ricardo se pone a laburar para hacerlo conocido. En un par de semanas arrancaba el campeonato.
-¿Qué es lo que hace?
-Coimea a los periodistas para que hablen bien de él. En la previa a un reportaje arreglado en una radio, le explican: «Vos ya sabés lo que te van a preguntar y lo que tenés que contestar». Después, se van a jugar un amistoso a Concordia, ¡en hidroavión! Acá se usó durante algunos años. No tiene que ver con el argumento, pero no deja de ser llamativo. Y se ve cuando el aparato despega en el Río de la Plata. Lo que pasa en Concordia es muy cómico, pero a la vez, repugnante.


-A ver…
-Ricardo escribe el comentario del partido y lo manda a un diario de Buenos Aires. Pone que Osvaldo jugó bien y convirtió un gol. Cuando el pibe se entera se sorprende: «Si no metí ninguno y jugué el peor partido de mi vida». Claro, en esos tiempos, tan lejos de la Capital, qué lector podría saber que era mentira. El Charro Moreno le quita la venda de los ojos: «Los tipos como éste son la otra cara del fútbol, la roña que no se ve desde la tribuna». Después el pibe pasa por el pasillo del hotel y escucha que los compañeros están de fiesta, con mujeres adentro de las habitaciones.


-¿Él no participa?
-No. Era un muchacho sano. Tenía novia. Aunque ella también lo presionaba para que triunfe y así irse del barrio. «Quiero salir de esta mugre», le dice enojada. Encima cuando la delegación viaja a Concordia, Ramiro Pérez, el que había sido vendido a España pero seguía en Buenos Aires, se la quiere levantar. Ella acepta ir a su departamento. Pérez le pone la excusa de ir a dejar unas cosas para después llevarla a su casa y busca seducirla. «A Osvaldo todavía le falta mucho, en cambio yo te ofrezco todo ahora». Pero la piba sale corriendo.
-Es terrible. No hay una buena…
-Es como si todo lo malo del fútbol y de la sociedad misma, estuviera condensado en la hora y pico que dura la película. Pero esperá que lo mejor -bah, lo peor- está por venir.
-Seguro que en la primera fecha…
-Exacto. Camino a la cancha, Osvaldo se sienta en el micro al lado de Ricardo. La noche anterior le había costado mucho dormir, pensando en todos los chanchullos que desconocía. Y en vez de dejarlo tranquilo, Ricardo le sigue metiendo fichas: «El fútbol es un negocio para mucha gente, el jugador deja de ser un hombre para convertirse en una mercadería. Mirá la cancha: entran 50 mil personas y van a vender 30 mil boletos más por lo menos». En esa parte hay fragmentos de un San Lorenzo-River verdadero, en el Viejo Gasómetro.


-¿Y cómo le va en el partido?
-Mal. Según el relato de José María Muñoz, «el debutante ha tenido una pésima tarde». Los hinchas lo reprueban, la novia que estaba en la platea, se va de la cancha casi llorando. Sólo sus amigos del 3 de Febrero lo bancan. Y en el verde césped, el Charro Moreno. Hasta que mete un gol y la gente se da vuelta. Pero enseguida lo rompen de una patada: doble fractura de tiba y peroné.
-¡No!
-Al padre le habían comprado un televisor para que pudiera ver los partidos en el boliche. ¿Sabés lo que hace? Parte la tele de un botellazo. La metáfora es que junto con la tele y con la pierna de Osvaldo, se rompen todos los sueños: el del gallego de volver a España, su tierra natal, el de la novia de salir de la mugre, el de la madre de verlo triunfar… El de los amigos. El de él… Y entretanto, los dirigentes siguen lo más panchos en la platea. «Y bueno, habrá que buscar otro…», dicen por lo bajo. A Osvaldo se lo lleva la ambulancia y termina…
-El final es un bajón…
-Se destapa la olla a un nivel impresionante. Y eso pasó hace 60 años. ¿Te imaginás lo que es ahora, con el volumen de plata que hay en juego? Ah, pero me olvidaba de esta escena de Marcos Zucker, es muy importante.


-¿Qué le pasa a Marcos?
-En una charla en el boliche se abre con una sinceridad increíble. Con su mujer no tuvieron hijos. Da a entender que era porque no tenían un mango y que además perdieron un embarazo. «Arruinaron a Rosa para toda la vida, nunca más dejó que la tocara». Y se termina desahogando: «Mi jefe me manda a limpiar los baños, mi mujer protesta, entonces voy a la cancha, veo una injusticia. ¡Y grito, grito! Porque ahí sí se puede gritar. Se me nubla la vista, agarro una botella y la tiro con ganas de partírsela a uno, al otro… Hasta que se me aflojan las manos y me siento cansado». Otro reflejo de lo que pasa en la sociedad de hoy.
-Bueno Nico, yo ya me clavé un café con leche con tres medialunas. Todo muy lindo pero me tengo que ir.
-Sí, dale, yo también. Vamos así me voy al gimnasio…

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