Barrio Mío

CHAMUYANDO EN EL BAR CONDE

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No pasó ni siquiera una semana, que ya estábamos charlando con Nico nuevamente en el bar. «El Cinéfilo» estaba metido en el complicado período posterior al rompimiento de su larga relación… Todavía no se resignaba a haber terminado con su novia, pero había decidido que lo más saludable, era la separación. «Si no tomaba la decisión de dejarla, era para seguir sufriendo». dijo. Esta vez tenía más ganas de hablar. Si bien se lo notaba bajoneado, estaba menos angustiado. Contó que habían quedado atrás las tormentosas semanas signadas por peleas y discusiones, y ahora, con la separación consumada, aunque todavía preso del dolor, proyectaba rehacer su vida.


«Ella estaba con otro», tiró, mientras le daba un sorbo a su primera lágrima aquella mañana otoñal. Lo miré, sin atreverme a preguntarle nada antes de que él ampliara lo que parecía un título catástrofe de Crónica. «Como te dije una vez, yo la descuidé. Y si a las minas las descuidás, te pasan factura».
Daba la sensación de que Nico, en este período turbulento, había hecho un curso acelerado sobre problemas de pareja. Lejos de ser un negador, veía la realidad con asombrosa nitidez. Un buen síntoma, considerando que la crisis a veces suele dificultar la autocrítica. Y si bien no se privó de tirarle dardos a su ex, su autoestima en declive -nada anormal, ante una ruptura como ésta- no le permitía dejar de echarse tierra encima: «En vez de plantear la situación, ella enseguida se buscó otro, pero no la puedo culpar; si yo me hubiera dado cuenta a tiempo de que no le estaba dando bola, esto no pasaba. La mayor parte de la responsabilidad es mía».


Ariel trajo mi cortado. Nico no paraba: «Después pasa lo de siempre: viene ese momento en que vos la querés recuperar pero ya es tarde. Le decís que la amás, que no podés vivir sin ella, le regalás flores, cosa que nunca… Hasta casamiento le prometés. Y ella que está confundida, que no sabe si seguir con el otro, si volver con vos, si no estar con ninguno o si estar con los dos al mismo tiempo. Yo veía que esa situación podía llegar a mantenerse indefinidamente, así que con todo el dolor del mundo, me tuve que abrir».


La madurez de Nico me sorprendió. Estaba por decírselo. Quería hacerle notar lo bien que había resuelto la situación. Pero no me dejó ni arrancar: de un trago se acabó su lágrima y cambió abuptamente el tema: «¿Ya hablamos de El Cura Lorenzo?», me preguntó.
Evidentemente, estaba haciendo esfuerzos para sacarse de la cabeza un conflicto todavía muy reciente. Y el cine, su gran pasión, actuó como el recurso salvador, el salvavidas más deseado en medio de la tempestad.
-No… ¿Qué es? La historia de la fundación de San Lorenzo, seguro…
Mi respuesta activó su memoria y los conocimientos brotaron generosamente.
-Está inspirado en eso, aunque es una versión libre, más cinematográfica. El protagonista principal es el gran Angel Magaña, que interpreta al cura Lorenzo Massa. ¿Pero sabés quién más actúa? Oscar Rovito, Tarzanito. El chico que hizo El Hijo del Crack. Aquella película se estrenó en 1953 y El Cura Lorenzo, en el ‘54. El pibe estaba en la cresta de la ola… Además se estaba filmado mucho sobre fútbol. Pelota de Trapo en el ‘48, Sacachispas en el ‘50, El Hijo del Crack en el ‘53, ésta en el ‘54. Se ve que estaba de moda. Lo que sí, acá no tuvo nada que ver Armando Bo. La dirigió Augusto Vatteone.


-¿Y qué papel hacía Tarzanito?
-La cosa es así: al padre Lorenzo lo designan para reemplazar a otro cura, en una parroquia de una zona muy humilde de la Capital. En el filme no lo especifican, pero según la verdadera historia de la fundación de San Lorenzo, era en Treinta y Tres Orientales y México donde estaba la iglesia San Antonio. Cuando el padre va en camino, empiezan los problemas. En el barrio hay una barrita de matones que le quieren hacer la vida imposible, sobre todo el cabecilla, un tal Lisandro Ledesma, que le tira una piedra y no le pega de casualidad. Al llegar a la parroquia el cura al que tiene que suplantar, y que no ver la hora de rajar de ahí, le advierte: «Estos son la piel de Judas, tenga mucho cuidado con ellos». Pero el padre se lo toma con soda: «Serán traviesos pero son más ignorantes que culpables», le contesta, y asegura que tiene fe en que cambien.
-Pero no me respondiste: ¿quién es Tarzanito?
-Aparte de la pandilla de Lisandro, hay un grupo de pibes más chicos, que andan por los diez, doce, catorce años. Son rebeldes y están todo el día en la calle peléandose. Rovito es uno de ellos. El peor.
-Y ese Lisandro, ¿qué onda?
-Su papel lo interpreta Tito Alonso, un actor que trabajó cantidad de películas. Fue marido de María Rosa Gallo. En la ficción es muy bravo. De movida le hace la guerra al padre. Le dice: «Peleá, marica, o te rompo el alma». Con sus amigotes lo tiran al piso en la calle y Lorenzo se desmaya. Hasta que no soporta más y la próxima vez que Lisandro lo desafía, lo tumba con una toma de judo. El matón se queda helado y ahí el padre comienza a ganarse el respeto de todos.


-¿A los más chicos también los tenía en contra?
-Sí. Esos también eran bravos. Una de las vecinas del barrio era madre soltera. La interpretaba Nelly Meden, una actriz muy reconocida. La volvían loca. Le gritaban, «adiós, corazón de arroz, cuando te veo me da la tos…». A Lorenzo le decían «cuervo con polleras», por la sotana. Pero a pesar de todo él les seguía teniendo cariño. «Los niños siempre están cerca de Dios», le decía a Casiano, un viejito fenómeno que lo ayudaba en la parroquia. De a poco fue encontrando el modo de ganárselos. Adiviná cómo…
-A través del fútbol…
-Obvio. Primero los invita a ir a misa y a tomar chocolate y hay un acercamiento, pero los chicos no se entusiasman. Después compra una pelota de cuero para que jueguen en el terreno de la parroquia. El vendedor intenta pararlo: «Mire que la pelota no le servirá, este juego sólo le gusta a esos ingleses locos». Pero Lorenzo insiste y el vendedor le termina regalando un reglamento, porque todavía nadie lo tenía claro. Tené en cuenta que San Lorenzo se fundó en 1908… Los chicos se ponen locos de contentos. Todos menos uno: Tito, o sea, Tarzanito, que es el único rebelde que no entra a jugar. Más adelante también el padre compra las camisetas azulgranas. «Estos colores me parecen muy lindos», le dice al vendedor. Y enseguida viene el primer partido, que no se juega…
-¿Cómo que no se juega?
-Claro, hacen un desafío con un colegio inglés. Pero cuando están a punto de jugar en la parroquia, el delegado pregunta: «El colegio de ustedes, ¿cómo se llama?». Le responden que ellos no son un colegio. «El reglamento dice que si no es con otro colegio no hay partido». El tipo agarra los pibes y se va. Todos se ponen tristes, pero después un chico de la parroquia, encuentra la solución: «Y bueno, hagamos un colegio». «Sabés que tenés razón», le dice el padre. Así que adentro de la iglesia arman un aula y el mismo Lorenzo es el que les enseña. Así de simple. Esa parte es muy divertida, muy tierna…


-¿Y cuándo llaman San Lorenzo al equipo?
-Un día, en el medio de una clase, votan. Hay dos posturas: Los Forzosos y San Lorenzo. Gana la última. En la película no se detallan los pormenores. En la realidad, se dio que el padre se oponía a Forzosos porque estaba vinculado a la pelea… Entonces propusieron que el club se llamara como él y tampoco aceptó para no incurrir en el pecado de soberbia. Pero sí le gustó San Lorenzo, porque hacía alusión al santo. Le agregaron «de Almagro», por el barrio y así quedó, pese a que en la película todo eso no se ve… Después también hay una parte bastante dramática.
-¿Cuál?
-El hermano mayor de Tito era un delincuente. Una noche van con Tito -que no quería pero lo obliga- a robar a un comercio de la zona. El tipo le pega en la cabeza al dueño y lo desmaya. El hermanito, asustado, grita, lo que alerta a la policía. Salen corriendo y empieza la persecución. A Tito lo hieren en un hombro. Al hermano, que se había tiroteado con la cana, lo matan. Tito se escapa y se refugia en la parroquia. Lorenzo y Casiano lo curan y lo esconden del comisario por varios días. Así se hacen amigos. Pero después el pibe comete un error y casi va preso. ¿Sabés quién lo salva? Lisandro, el matón.
-¿Y cómo?
-Resulta que Tito no aguanta más el encierro y sale de la pieza a ver un partido. Jugaba San Lorenzo contra el colegio del desafío anterior. En la cancha, el dueño reconoce a Tito como el que le robó en el negocio. Llama a la cana y se lo llevan. Se van todos a la comisaría. Por supuesto, se arma un bolonqui de aquellos y el partido se suspende. A esa altura, el autor te lleva a que como espectador, dejes de tenerle bronca al nene y te encariñes con él.


-¿Pero cómo lo liberan a Tarzanito? ¿El cura interviene?
-Quiere pero no puede, porque no logra convencer al comerciante de que retire los cargos. Es gracias a Lisandro que queda libre. No queda muy claro en la película, pero el guión da a entender que le pega una apretada al dueño del negocio. Al día siguiente en lugar de ratificar la denuncia, dice no poder reconocer al ladrón. Entonces el matón y Lorenzo también hacen las paces.
-Pero hicieron algo que estaba fuera de la ley.
-Y sí… pero todo era con el justificativo de salvar del reformatorio a un nene, que estaba arrepentido de todas las macanas que se había mandado.
-Supongo que ahí termina.
-Sí. Es un final feliz. El comisario le elogia a Lorenzo el cambio que consiguió en el barrio: «Padre, usted hizo un milagro». Y él contesta: «El milagro está siempre dormido en el corazón de los hombres pero Dios con su infinita bondad, suele despertarlo».
-Buenísimo. ¿Tenés algunas perlitas de las tuyas?
-¿Sabés dónde se filmaron las escenas futbolísticas? En Piraña, ese club de Parque Patricios que unos años más adelante se afilió a AFA, y ya no juega más oficialmente. ¿Otra? Uno de los pesados de la barra de Lisandro era Julio De Grazia. Ese fue el año de su debut. Tenía 25 años. La última: en los títulos, la película está dedicada «a la memoria del padre Lorenzo Massa y a la de todos los salesianos que como él, fueron verdaderos héroes civiles e hicieron patria».

Nico terminó de tomar su tercera lágrima. Yo, el segundo cortado. «Hoy pago yo», le dije. No se opuso. Fue al baño. Luego nos encotramos en la puerta, del lado de afuera. Tras el abrazo y un «chau, hablamos…», cada uno siguió su camino.

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