Barrio Mío

CHAMUYANDO EN EL BAR CONDE

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Con «El Cinéfilo» nos tomamos en serio lo del reencuentro. De vernos muy espaciadamente, después de reencontrarnos aquella tarde de verano por casualidad, pasamos a hacerlo con bastante periodicidad y pocos días después de la última charla ya estábamos juntándonos otra vez en el sitio de siempre. El día anterior, vía celular, acordamos reiterar el encuentro sobre la hora del almuerzo. En esta ocasión, Nico me ganó de mano y al arribar, lo vi sentado a una de las mesas más cercanas al mostrador.

Ante la propuesta de repetir también el menú, acepté de inmediato. El especial de crudo y queso en pan francés esta vez opté por acompañarlo con tinto y soda, mientras mi compañero no se apartó ni un centímetro de la rutina, solicitándole a Ariel, agua mineral.

El tema se imponía. Tenía miedo de preguntarle a Nico cómo estaban las cosas con su novia. El rostro demacrado y la barba crecida me confirmaron las sospechas. «Me separé», susurró. Hizo una mueca casi imperceptible y esquivó mi mirada hasta posar la suya en el servilletero rectangular, con el cual jugueteó con su mano derecha. Estaba muy bajoneado. Nico llevaba llevaba ocho años de novio. Me propuse sacarle más datos. Quizás hablar le haría bien, pero prefirió no entrar en detalles. «Disculpá… no tengo ganas de hablar…», fue su contundente respuesta. Después, sólo agregó: «La largué yo, no daba para más». Y salió del tema: «¿Vos cómo andás?».

Con el almuerzo servido y un par de diálogos que no se extendieron demasiado, volvimos al tema que garantizaba la recuperación del entusiasmo por parte de mi alicaído compinche. Al menos, en lo que durara aquella comida.

-Che, estoy a full con Armando Bó. Vos me habías dicho que entre Pelota de Trapo y Pelota de Cuero había hecho otra película de fútbol, ¿no?

-Sí, El Hijo del Crack. En 1953. Cinco años después de Pelota de Trapo y diez años antes de Pelota de Cuero. Otra vez con Torres Ríos y Torre Nilsson como directores y guionistas. En esta, a diferencias de las otras, no interviene Borocotó. Pero la película sí que es una patada en los huevos…

-¿Qué? ¿Es mala?

-No, bah… a mí estas películas me parecen excelentes, al margen de lo que opinen los críticos. Digo que es una patada en los huevos porque es un dramón de principio a fin. En realidad, creo que ni más ni menos que en las otras dos. Mirá, para que te des una idea, la película arranca con un minuto de silencio…

-¿Quién murió?

-Armando Bó, el protagonista.

-Ah, también empieza por el final.

-Se hace un minuto de silencio en la primera fecha del campeonato. El había fallecido el último partido del torneo anterior, justo cuando su equipo, el Internacional en la ficción -que en realidad es Independiente- se consagra campeón. La Voz del Estadio dice: «Se hará un minuto de silencio en el cual podemos recordar toda una vida». Entonces enfocan al hijo, Marito, sentado en la platea de River. El nene recuerda los sucesos que llevaron hasta ese momento y así se va desarrollando la trama. Armando Bó era Héctor «Balazo» López, un crack en el ocaso de su campaña, muy parecido a lo que pasaría en Pelota de Cuero.

-¿Balazo?

-Sí… Increíble. ¿Quién se iba a imaginar que algunas décadas más tarde el apodo tendría connotaciones sexuales? Cuestión que el hijo está ahí, en la cancha de River. Y aparecen varios jugadores. A Labruna le hacen un primer plano perfecto. Pero después, cuando el pibe recurda, te das cuenta que todo se desarrolla en el plantel de Independiente. Bah, de Internacional…

-¿Quién era el pibe?

-Oscar Rovito. Esa fue su primera actuación en cine. Pero ya era famoso porque venía de hacer radioteatro, interpretando al hijo de Tarzán. En esos tiempos la radio era lo máximo. Muy pocos tenían tele… Por eso, en los títulos le ponen «la presentación estelar de Tarzanito»… ¡Qué linda época debe haber sido! Tarzanito…

Nico emitió una carcajada. Era la primera vez que lo veía reír con tantas ganas. No sólo ese día, sino en las tres reuniones anteriores también. A continuación profundizó en el perfil de Rovito.

-Para «Las aventuras de Tarzán» lo elegieron por un concurso de la revista Billiken que se llamó Buscando al Tarzanito argentino. En el Hijo del Crack tenía 13 años. Después trabajó en un montón de películas más. Una, de fútbol: El cura Lorenzo. Se casó con Bárbara Mujica y fueron pareja en un par de teleteatros. En el ’76 la dictadura lo prohibió. Luego fue dirigente de la Asociación Argentina de Actores y un reconocido militante del peronismo.

-Estábamos en que empezaba a recordar…

-Sí… Le viene a la memoria cuando el viejo andaba ya en la curva descendente de la carrera y los hinchas lo resistían, lo acusaban de vendido. Está bueno porque se ven las calles de Avellaneda. La cancha de Racing se ve de afuera y la de Independiente, de adentro, con Armando Bó entrenando. Todavía no era Doble Visera. Enseguida hay un partido a cancha llena. No se distingue el rival, pero son imágenes reales. Ahí interviene Fioravanti: «Balazo está fallando», exclama en el relato. En la tribuna uno se ensaña contra él: «Hay que pegarle una pateadura», le grita. El equipo vuelve a perder. A Balazo le hacen una emboscada y lo cagan a trompadas a la salida de la cancha. Y el pibe, que veía todo, sufría como loco. Lo amaba al padre…

-¿Y la madre?

-Estaban separados. Pero después de ese incidente decide que no puede hacerse cargo del nene y lo lleva a la casa de su ex esposa, que vivía junto con el padre y odiaban el fútbol. Aparte ahí sale a la luz que Balazo está muy enfermo, aunque no se lo dice a nadie. El papel de la ex lo interpretaba Miriam Sucre, una actriz bastante conocida. Fue la esposa de Juan Carlos Mareco.

-Entonces…

-A Marito lo dejan a la fuerza con su mamá, a la que ni conocía. Balazo lo ama, pero no quiere que la pase mal por estar con él. Y como te decía, todos sufren: el padre, el hijo, el público. Yo estaba con un nudo en la garganta que no daba más… Al pibe lo ponen en un buen colegio pero no ve la hora de mandarse a mudar. Un diálogo con un compañerito es excelente. «¿Sabés inglés?», le pregunta a Marito. «¿Qué voy a saber, a mí me gusta el fútbol y nada más». «¿Y tu papá de que trabaja?». «Mi papá es balazo, ¿no sabés quién es Balazo?». «No, ¿ quién es?». «El mejor jugador del mundo es…». En una de esas Bó lo va a espiar al colegio y desde atrás del alambrado ve que está jugando a la pelota en el patio. Ahí se pone contento pero enseguida vuleve el drama. Más adelante el pibe se escapa del colegio, se mete en un tren sin boleto y lo pescan al bajar al andén. Un tipo le paga la multa y se quedan charlando un rato. El tipo se despide: «Ya viene mi tren», le dice… ¡Y se tira abajo! Era un suicida. Marito se pega flor de julepe, sale corriendo y vuelve con el papá.

-¡Mamita, qué dramón!

-Una locura. Mientras tanto Balazo seguía de mal en peor. Lo mandaron a la reserva, más tarde lo separaron del plantel. Busca otro laburo y no consigue por la edad. Le pide guita a unos mafiosos, y como no se la dan, caga a trompadas a uno a orillas del Riachuelo. Todo mal. Encima le termina pegando una cachetada al hijo, para que el pibe lo odie y vuelva con la madre. Pero Marito no se quiere ir. Eso es como que le da nuevas fuerzas. Se dan un abrazo, lloran y le promete que saldrá adelante. Y se va a hablar con el técnico, pidiéndole que lo deje integrar otra vez el equipo.

-Y seguro que acepta ¿no?

-Claro. De a poco las cosas se enderezan. Antes hay una parte imperdible: padre e hijo van al zoológico. Primer plano de los animales: el mono, el hipopótamo, el léon. ¡Impresionante! La cosa es que Balazo reaparece en el tramo final del campeonato. Otra vez la cancha del Rojo repleta y Fioravanti que dice: «Es prematura y arriesgada esta decisión. El público lanza gritos hostiles, ha sido un gran jugador pero no se puede reaparecer en un partido de tanta importancia». A los 15 minutos mete el 1 a 0 y grita: «Tenemos que reivindicar a Balazo, su inclusión era perfectamente ajustada a los hechos». Sobre el final, hace el segundo: «2-0, golazo, el público delira con la sobresaliente actuación de Balazo». ¡Qué panqueque! ¡Qué bárbaro!

-Pero entonces termina bien…

-Esperá, todavía falta. Con ese regreso se recibe de héroe. Pero no te olvidés que estaba muy enfermo. Resulta que se lesiona y queda internado. Al principio parece que es una cosa del momento. La hinchada va a verlo al hospital y coréa desde la calle: «1, 2, 3… Balazo otra vez…» Ahí todo es felicidad. Inclusive lo visita la ex y hacen planes para estar juntos nuevamente. Cuando le dan el alta el médico nota que algo anda mal, pero Balazo no le da bola y se va a jugar el partido decisivo por el campeonato. Son imágenes reales. Fuera de la ficción, es un partido contra San Lorenzo… En la entrada están los vendedores ambulantes vociferando, «a la menta, al Alumni con las tres claves, tres naranjas por un peso…»

-¿Y adentro?

-La hinchada canta: «Eh chupe chupe chupe, no deje de chupar, Balazo es lo más grande del fútbol nacional…». La vuelve a descoser y el equipo gana gracias a él, pero fatando poco se empieza a sentir mal. «¿Qué te pasa?», le pregunta un compañero. «No, nada Bonelli». Era el verdadero Bonelli, el de Independiente y la Selección. Fioravanti se babea: «Un esfuerzo heroico, casi sobrehumano». Balazo se desploma, lo llevan al vestuario y muere. A su lado, abrazándolo, está el hijo, que le decía, «sos el mejor, papá». Más atrás, la esposa y el suegro. Igual alcanza a enterarse que Internacional salió campeón. Después, la historia regresa al presente, con el minuto de silencio en el Monumental. El locutor dice: «Para todos había muerto pero no para su hijo, que lo veía surgrir como una figura gigantesca más alla de las lágrimas». Aparece la imagen de Balazo reflejada adelante de una tribuna llena y tres grandes letras… FIN.

-Impactante… ¿Comemos un postrecito?

-Podría ser… Para mí media porción de fresco y batata.

-Listo. Yo una ensalada de frutas.

Película, sandwich y postre vigilante de por medio, mi amigo había logrado despojarse de la angustia. Al menos, por un ratito…

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