Gente de Cole

Héctor Diomede: su fallecimiento

El mensaje llegó a mi correo electrónico la tarde del miércoles 6 de septiembre: «Queridos hermanos: lamentablemente con mucho dolor tengo que informarles que Héctor  Diomede falleció hoy a la mañana a raíz de una descompensación», decía el mail firmado por Ester, en su carácter de miembro de la Congregación Unida El Buen Pastor, de Lacroze y Zapiola. La comunicación estaba acompañada de los datos del velatorio.
No tuve la oportunidad de conocerlo tanto, hasta que dos años atrás, lo designaron integrante del equipo pastoral, en reemplazo de Hugo Santos, el pastor saliente. Igual, disfrutaba sus prédicas dominicales. Héctor era un hombre muy instruido. Autor de varios libros, sabía  mucho acerca de la Biblia y cómo transmitir ese conocimiento.
A partir de su nombramiento, el contacto fue mayor, aunque por falta de tiempo, no todo lo que yo hubiera querido.
Recuerdo una charla que mantuvimos cierto día, a raíz de una inquietud personal. Lo llamé por teléfono para concertar la cita y no dudó en acudir a mi consulta. Del encuentro me quedó grabada una frase: «Yo también soy un nostálgico… Me gusta el tango…»
Desde luego, una de las primeras cosas que hacía cada mañana, era mirar mi correo electrónico, pues él seleccionaba diariamente versículos bíblicos que muy temprano, enviaba por cadena a toda la lista de la congregación.

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Asimismo se colocó al frente de los Estudios Bíblicos matutinos, un encuentro que una vez a la semana, ofrecía en Lacroze y Zapiola. Lamentablemente, su salud le impidió continuar con ellos, y también por las mismas razones, se vio obligado a dejar el equipo pastoral al poco tiempo de haber asumido. «Ando con un  problema diabético», me dijo cuando me atreví a preguntarle sobre el tema.
No obstante, seguía concurriendo al culto junto a su esposa. El optimismo y buen humor lo caracterizaban, predicaba con frecuencia y se lo veía bien.
Por eso la noticia, obviamente, me sorprendió. Como a todos. Ahora, como siempre, el desafío será el de recordarlo con alegría, sabiendo en qué lugar está. Para comenzar a hacerlo, me tomo la licencia de elegir las mismas líneas que Ester colocó en el final de aquel correo electrónico: «La bondad y el amor me seguirán todos los días de mi vida; y en la casa del Señor habitaré para siempre». Salmo 23: 6

P. W.

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