Gente de Cole

«Este negocio podría tener cerca de cien años»

Ferretería Freire, toda una vida en Colegiales. Opina su dueño, Ariel Solanes.

En Freire entre Virrey Olaguer y Virrey Avilés, un inmenso local atrae clientes a toda hora. Es extraño pasar por el lugar y que no haya gente. Por eso, para acceder a un reportaje tranquilo con su dueño, será necesario llegar después de las 6 de la tarde, cuando comienzan los preparativos para que en Ferretería Freire, se baje hasta el día siguiente la persiana.

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«Con mis hermanas y mi madre, conformamos una SRL en reemplazo de la sociedad original que integraban mi papá y mi abuelo materno», indica Ariel, nuestro entrevistado, que es profesor de lengua y literatura pero dejó de lado la profesión para involucrarse de lleno en el negocio que el año pasado, festejó sus bodas de oro.
De todas maneras, «eso es desde que nuestra familia compró el fondo de comercio. Porque antes, también esto era una ferretería. Julio Hamburg era su dueño y a su vez, su padre la había manejado anteriormente. Se calcula que esto podría tener unos cien años… y siempre se llamó Ferretería Freire», aclara Ariel.

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En 1965, pasó a manos de los Solanes, que paulatinamente efectuaron la ampliación del lugar y de aquella ferretería de barrio, hoy ya poco ha quedado: «Esto era la mitad de lo que es hoy. O menos todavía: era la parte que ocupa el bazar», comenta. «Se fueron comprando los terrenos linderos y aproximadamente en 1987 se hizo la ampliación. Desde ese momento pasó a ser mucho más que una ferretería. Tenemos electricidad, pinturería, sanitarios, bazar, materiales para la construcción. Es un polirrubro», cuenta el entrevistado si se lo desafía a definir los alcances del negocio. «La gente sabe que viene acá y encuentra todo. Por los comentarios que escucho es uno de los más completos de la Capital. Eso provoca orgullo porque esto lo levantó a pulmón mi viejo, él lo transformó. Hasta mi mamá  colaboraba… Y más allá del orgullo, es una gran responsabilidad el hecho de tratar de dar lo mejor y seguir creciendo en la misma línea», remata.
En el salón, el ritmo va aquietándose a medida que afuera oscurece. Entre los empleados, llama la atención un muchacho que mientras atiende, canta… Y lo hace realmente muy bien. Esa buena onda que reina, es generalizada. «Tenemos cuatro empleados de mostrador y dos más en la oficina. Son chicos que están con nosotros hace muchos años, la gente ya los conoce y es bueno para todos poder mantener el mismo plantel», se alegra Ariel. Y sonríe cuando le preguntamos qué cantidad de artículos tienen en Freire: «Siempre me hacen esa pregunta. En este momento no tengo el dato -se excusa-. Si querés te lo averiguo, pero seguro son miles».

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Luego responde qué es lo más difícil de su trabajo: «Que requiere de gran esfuerzo cotidiano, estar horas y horas a gran ritmo. Hay muchos proveedores distintos. Es necesario estar siempre alerta, controlando stock y por otra parte, cumplir con los clientes. Después, en la oficina, donde están mi hermana y una secretaria, viene el tema de los precios. Por tener tantos productos y con precios tan cambiantes es una lucha diaria la actualización. ¿Lo más lindo? Lo que más me gusta está vinculado con lo mismo: el hecho de tener siempre cosas para hacer, porque gente no nos falta. Gracias a Dios hay trabajo. Tener clientela y responder a sus exigencias y necesidades, te motiva».
En relación a esta cuestión, la consulta obligada pasa por querer saber de qué modo influye la crisis: «A lo largo de la historia hubo numerosas crisis y siempre se salió adelante. Los bajones existen pero no podemos quejarnos. A veces estamos más arriba y a veces más abajo, pero se sale. También es importante renovarse y no quedarse en el tiempo».
Como en casi todo emprendimiento familar, la historia de Ariel en la ferretería arranca desde temprana edad. «Recuerdo que era chico y ya venía a ayudar en la caja. Luego fui asumiendo más responsabilidades. Hace 7 años mi papá falleció y desde entonces me aboqué full time».
Cuando se le pregunta si extraña su profesión, deja en claro que no tanto como se podría llegar a creer. «Trabajé en el colegio San Román 12 años y la verdad que estaba cansado. Es bastante desgastante trabajar en un secundario. Cambié porque se daba eso y aparte, el negocio necesitaba mayor tiempo y compromiso de mi parte».
Por último, hace alusión a la que ha sido una de las mayores dificultades del ferretero a lo largo de la historia: la gente que no sabe el nombre del producto que desea: «Es un clásico cuando vienen y te dicen quiero un pituto, o el famoso cosito (risas). Lo sufren sobre todo los muchachos en el mostrador, pero ya estamos acostumbrados. Igualmente, con tanta tecnología se simplificó la cuestión. Ahora llegan con la foto en el celular y te muestran qué se le rompió. Los teléfonos nos salvaron».

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Ariel Solanes (arriba). Hace 51 años, su papá (abajo) adquirió la ferretería y su crecimiento no se detuvo.

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En el centro del local, una cartelera con diferentes fotos tomadas desde 1965, refleja la destacada trayectoria de Ferretería Freire en nuestro barrio de Colegiales.

 

 

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