Gente de Cole

FÁBRICA DE PASTAS «CONDE», DOBLE GENERACIÓN

En Conde y Federico Lacroze, una fábrica de pastas deleita a Colegiales desde hace 34 años. En 1982, el matrimonio compuesto por Julio y Lila, abrió el local que aún hoy continúa siendo uno de los preferidos de los vecinos. Santiagueño él, tucumana ella, al margen de este negocio, llevan en el barrio y alrededores, una vasta trayectoria. Por poner un ejemplo, previamente a «Conde», también tuvieron un emprendimiento del mismo rubro en Jorge Newbery y Córdoba.

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Igual que la foto que ilustra la nota, pero al revés. La clientela llega y el staff se multiplica en la atención.

En la actualidad, si bien ellos continúan trabajando allí, la fábrica es atendida «oficialmente» por Luis, uno de sus hijos (Julio, el otro, está radicado en el exterior). De cualquier manera, aquel que se dé una vuelta en busca de las sabrosas pastas de «Conde», comprobará que los tres (Julio, Lila y Luis) estarán al pie del cañón en forma permanente, para satisfacer la alta demanda que va resurgiendo tras el receso veraniego.

Luis, quien por otra parte es un vecino de Colegiales de casi toda la vida (de muy pequeño vivió en Villa Adelina), relató las circunstancias en las que la familia arribó al acuerdo a través del cual, él quedó al frente del negocio: «Yo trabajaba en sistemas y en la última etapa, eso se había vuelto muy estresante. El laburo lo hacía en una empresa de cable en Barracas y más allá del viaje tan largo, estaba realmente agotado. Encima mis hijos -tienen dos mellizos- eran muy chiquitos y no podía verlos nunca.  Todo era negativo. A eso se sumó que mis viejos también necesitaban descansar, era demasiado para ellos solos. La cuestión es que lo conversamos bien y lo resolvimos. Se dio así. Yo renuncié a mi empleo y arranqué con esto».

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Lila amasa, Luis atiende y la gente, aguarda pacientemente su pedido.

A pesar del cambio de rumbo laboral, que se dio a principios de 2014, Luis afirma que los nuevos quehaceres  no le eran desconocidos ni mucho menos. «Desde chico conozco lo que es la fábrica de pastas. Si me crié acá adentro… Por ahí me tuve que poner al tanto de lo que es manejar alguna máquina específica, pero nada más. Este oficio es parte de mi vida…»

La tranquilidad que ganó con la decisión, sigue siendo para Luis, algo insustituible: «Es otra cosa. Estoy al lado de casa, los nenes vienen a visitarme, los puedo ir a buscar al jardín… No me arrepiento parra nada. Y aparte me gusta la cocina, el contacto con los clientes. Es muy grato relacionarte con la gente y el hecho de ser reconocido como el dueño…»

Lila y Julio, acompañan tanto en la fase de producción como en la atención: «Mis viejos me asisten en todo momento. Ahora somos los tres. Antes era diferente, ellos estaba desbordados y yo era muy poco lo que podía hacer, apunta. Consultado acerca de lo más difícil de ser el responsable de una fábrica de pastas, hace hincapié en lo que seguramente es común a todo comerciante: los precios. «Si todo sube como acá, la verdad que se complica. Recuerdo que cuando recién arranqué, la harina aumentaba a cada rato. Tratábamos de no trasladar el precio al consumidor final y absorberlo nosotros en la medida de lo posible, pero hay veces en que no tenés opción. Igual, los clientes son comprensivos, pero la situación no es sencilla».

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Ahora es Julio es el encargado de poner «las manos en la masa». Los tres se alternan eficientemente en cada función.

En detrimento de un verano que va quedando atrás, la época del año de mayor actividad, para una fábrica de pastas, es el invierno. «El frío hace que consuman bastante. Y con respecto a la semana, los sábados y domingos hay mucho movimiento. Prácticamente duplica a los días laborables», puntualiza Luis. «De todas maneras de martes a viernes -el lunes descansan- hay una hora pico que se da cuando la gente vuelve del trabajo».

En esos momentos, el negocio se llena y todo lo que los Medina prepararon artesanalmente a lo largo del día, vuela. «Las pastas rellenas salen mucho. La figurita difícil son los capeletis. De eso hay poco al no tener tanto tiempo ni espacio para elaborarlos; con los sorrentinos ocurre algo similar. Entonces, se venden enseguida».

«La Voz de Colegiales» pudo comprobar «in situ» el fenómeno: entre las 19 y las 20 hs., el local comenzó a poblarse  y fue necesario dar por terminada la entrevista. Entonces el matrimonio y su hijo menor, tuvieron -literalemente- un segundo para posar para la foto que encabeza  la nota, volviendo de inmediato a sus tareas. Y a las corridas, pero con una admirable cuota de pasión, se encargaron coronar una agotadora jornada.

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