Columnas

El camino de la interioridad

Por Hugo Santos (*)

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Seamos conscientes o no, en el interior de cada uno de nosotros se desarrolla un diálogo íntimo a lo largo de cada día. Hablamos con nosotros mismos más que con cualquier otra persona.
¿Qué te decís? ¿Qué cosas vuelven una y otra vez a tus pensamientos? ¿Son ideas positivas? ¿Acaso te dan poder o te motivan? ¿te proponen nuevos desafíos? ¿O andás recurrentemente pensando cosas negativas? ¿o situaciones donde te sentiste herido? ¿o pensando en peleas que tuviste o deberías tener con otros?
¿Te asaltan ideas como “no le despierto interés a nadie”, “no tengo talentos”, “mi vida es una colección de errores cometidos”, “si volviera a nacer…”, “Dios no puede estar satisfecho conmigo”.
Este tipo de conversaciones cuestionadoras, conscientes o no, suelen jugar un papel más negativo que positivo a la hora de avanzar en la vida o de ser más feliz. Esto le sucede a millones de personas en este mundo y suele tener un carácter repetitivo.
Cuando vemos los logros de otras personas, damos por sentado que eso no ocurrirá con nosotros sobre todo si los mensajes de derrota inundan permanentemente nuestra mente y nuestro diálogo íntimo.
A veces epítetos o etiquetas que nos hemos puesto de diferente calibre, pero de orientación negativa, han echado raíces y se han instalado condicionando nuestra conducta y muchas veces convirtiéndose en profecías autocumplidas que limitan el logro de proyectos personales y avances en nuestra realización. Tener una mala imagen de uno mismo frena nuestras reales posibilidades y se constituye en un atentado contra la esperanza respecto al futuro de nuestra vida. Nos quita la alegría y estimula la amargura.
Es cierto que los patrones negativos que están presentes en nuestro diálogo interno tienen origen en nuestra infancia, en nuestros fracasos o en lo que otros nos dijeron acerca de nosotros mismos en nuestra historia. O en comparaciones con otros donde salimos desfavorecidos. También en situaciones donde sufrimos malos tratos y rechazos.
Pero lo más grave es que estas matrices negativas de pensamiento le impiden a la persona ser lo que Dios quiere que sea. Hay que sacarse de encima ese tipo de mensajes e introducir una nueva voz.
Esto no significa ser orgulloso, negar los errores o no asumir aspectos poco positivos de nuestra vida, pero nada de esto debe poner en juego el valor de nuestra existencia. Por el contrario, el valor de la misma está dado por ser la obra maestra de Dios.
Todos tenemos áreas en las que necesitamos mejorar, pero Él nos ama por lo que somos, no por lo que hacemos. Seguramente no le agradan todas nuestras conductas, pero sí le agradamos por ser hijos suyos, Dios quiere que nos sintamos bien con nosotros porque este es el punto de partida de la vida abundante que Jesús vino a traer.
Dios sabe que tenemos defectos y cometemos errores. Pero cuando somos excesivamente críticos con nosotros mismos vivimos en un estado continuo de reproche que termina siendo destructivo. Una de las peores cosas que podemos hacer es transformamos en nuestro propio enemigo. Vivir en una permanente guerra interior porque, en realidad, no nos gusta como somos. Nos concentramos en nuestra debilidad y nuestra introspección nos conduce a una mirada poco amigable. Y esto nos lleva a sentirnos inseguros, a posicionarnos mal ante los demás y a no tener paz en nuestro interior. No debemos sentirnos “pobrecitos” sino que es bueno disfrutar de lo que Dios ha preparado para cada uno de nosotros. Nuestra palabra al comenzar el día debería ser “Gracias, Señor, porque me apruebas”.
El “ama a tu prójimo como a ti mismo” es un prerrequisito para amar sanamente a los demás. El desprecio que algunos sienten por ellos mismos es causa de problemas en los vínculos interpersonales. Si crees que Dios está trabajando en nosotros para nuestro crecimiento, no podés estar permanentemente condenándote solo por tus dificultades en determinadas áreas. Y cuando pedimos perdón a Dios, estando arrepentidos, confiemos en el perdón y no sigamos remordiéndonos por dentro. Alguna gente continúa en ese estado por semanas, meses, años, …o toda la vida. Se trata de vivir con una conciencia que da lugar a la sabiduría y la justicia, no con una vivencia de pecado que pesa sobre nuestro ser y olvida lo que Jesús hizo con su muerte y resurrección.
Dios está a tu favor, está de tu lado, Dios vino para tu salvación, no para tu condenación. “Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo por medio de Él” (Juan 3: 17).

(*) Pastor de la Iglesia El Buen Pastor, de Federico Lacroze esq. Zapiola. Este es su sitio web: 

http://iglesiaencolegiales.com.ar/

 

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