Gente de Cole

La Castellana: historia y mucha pasta

Que se trata de uno de los negocios de mayor antigüedad en el barrio, no caben dudas. Porque La Castellana, ha soplado este año nada menos que 73 velitas. Desde 1942, el famoso local de comidas para llevar, se encuentra en el mismo sitio en el que hoy luce orgulloso su atractiva fachada: Lacroze entre Conde y Freire.

HOLA DON JOSÉ
“Un año después de la inauguración del negocio, nací yo”, nos dice  José Lavandeira, el propietario del mítico local. Su apellido, está íntimamente ligado a la actualidad y la historia de La Castellana. Hasta se podría asegurar, casi, que son sinónimos.
Es que si bien José tomó las riendas “recién” en 1968, los primeros propietarios también eran de la familia: “La que fundó esto se llamaba Ramona. Sé que era familiar, aunque no tengo bien claro el parentesco. Después, pasó a manos de un tío, que me lo vendió a mí. En el ‘68 lo compré, pero abrí el 10 de marzo del ‘69”, afirma José, con una prodigiosa memoria que le permite recordar fechas y hechos con claridad.
Su historia personal, también es digna de mencionar: “Nací en La Coruña, España. A los 16 años, como tantos compatriotas, vinimos con mis padres y tres hermanas a la Argentina. Alquilábamos una casa en Palermo. Pronto empecé a trabajar. Tres años lo hice bajo patrón: primero en una tintorería, después como mozo, en un bar de Brasil y Defensa; y más tarde en una fábrica de pastas sobre la avenida Santa Fe. Hasta que me independicé: puse un despacho de pan y facturas en Córdoba y Laprida  que duró cinco años; luego, por año y medio, tuve otro similar en Alvarez Thomas al 1800”.
Acto seguido, el momento cumbre, en el cual José y La Castellana, unieron sus fuerzas. Más de 43 años después de aquel hito, el Gallego -como mucha gente del barrio lo llama cariñosamente- sigue a cargo del lugar. Ahora, junto a sus dos hijos (Fernando, de 44 años; y Pablo, de 40), lo que significa que el apellido y la marca continúan asociados en perfecta armonía.

ACTITUD Y MUCHA PASTA
En su primera etapa La Castellana era sólo una fábrica de pastas. Pero está más que claro que ese rótulo hoy le queda muy chico: “En 1985 sumamos la rotisería anexando el local de al lado -señala José-. Todavía se ingresaba por dos entradas independientes. Y en 1997 unimos los dos locales por dentro”.
A quince años de aquel otro gran hito, el negocio es un amplio salón, donde se ofrecen nada menos que 360 platos.  Su número de empleados asciende a 22, incluyendo los motoqueros que hacen el delivery, servicio que se agregó en 1997.
Según Lavandeira, el secreto del éxito de La Castellana  está basado “en trabajar, trabajar y trabajar. Tenemos abierto los 365 días del año. No existe la fiaca, acá te tenés que dedicar”, explica muy seguro de sus palabras. Además, puntualiza otros tres aspectos que echan más luz sobre la clave del prestigio de la firma: “Higiene, calidad y atención. Si eso lo hacés bien, los clientes te acompañan”.
Con respecto a la competencia, José no la minimiza, pero al decir que “algunos que pusieron negocios creían que esto era fácil”, da por sentado que el tema no le preocupa demasiado. “Si vos hacés las cosas bien, la competencia no tiene por qué molestarte. A lo largo de tantos años, sabés los que vinieron y tuvieron que cerrar…”, remata.
Como muestra elocuente de esa capacidad, relata una anécdota acontecida hace ya muchos años: “Yo debo tener el récord de trabajar sin parar: 63 horas seguidas. Sí, no miento. Resulta que hace más de 20 años teníamos una sucursal en la avenida Canning (hoy Scalabrini Ortiz). No sé qué pasó que de un día para otro hizo falta personal y tuve que mandar los empleados de acá. Me quedé yo sólo. En el horario de atención vendía y mientras estaba cerrado, cocinaba y limpiaba. Pero dormir… no. Así transcurrieron dos días y medio. Recuerdo que estaba preparando unos agnolottis y casi me quedo dormido de parado. Pero al cliente nunca se le dice: no hay”.

DE CARNE Y HUESO
Más allá de la asombrosa actitud que le pone a lo laboral, José da indicios de que es “humano”, cuando se refiere a sus vacaciones: “En una época estuve como 15 años sin tomarme ni siquiera una semana para mí. Pero ahora que lo puedo hacer, lo hago. Hace poco, por ejemplo, viajé a España y realmente lo disfruté”.
Ante confesiones como las que acaba de formular, no resulta llamativa una nueva confesión: “En todo este tiempo, jamás se me cruzó por la cabeza la idea de bajar la persiana”. Ni siquiera en la crisis de 2001, el dueño de La Castellana estuvo cerca de hacer las valijas: “Perdí plata, pero se fortaleció  nuestro vínculo con los clientes: ¿Cómo? Porque durante los cuatro peores meses, no subí un sólo precio. Aparte, aunque les reduje algunas horas, no despedí a ningún empleado. Tal vez íbamos a pérdida, pero esto estaba siempre lleno y terminó siendo como una inversión. Otros a lo mejor pensaban: ‘¿para qué voy a trabajar? Cierro y listo’. Pero yo lo veo de otra manera. Es algo que nadie te puede enseñar. Nace de uno…”

VÍCTIMAS DE LA INSEGURIDAD
En aquellos tiempos turbulentos, también sufrió el asalto más estridente de su historia: “Era un domingo al mediodía -rememora- y el salón estaba repleto. De repente entraron unos tipos con armas: ‘¡Todos al suelo!’ gritaron. Nos robaron la caja a nosotros y las cosas de todos los clientes, aunque por suerte nadie salió lastimado. Eran muy profesionales”. No fue aquel el único episodio desagradable en materia de robos: “En otra época venían a cada rato a afamar. ¡Y eran siempre los mismos tipos!…”
El tema se arregló cuando la empresa contrató un policía adicional que se encarga de vigilar mientras el local permanece abierto: “Desde que tomamos esa decisión, hace unos diez años, no pasó más nada. El policía es costoso, pero al menos estamos más tranquilos”.

EL VECINO DE AL LADO
Habitante de Colegiales en lo que respecta a lo laboral, José también es vecino del barrio, ya que vive…. al lado. En la propiedad contigua a su local, posee su domicilio y también su oficina. “Colegiales es muy lindo. Esta zona, especialmente, me gusta mucho”, opina, en referencia a Federico Lacroze. “Está bien iluminado, no se inunda…La verdad que es hermoso Colegiales”. Esa frase da lugar a lo que será el cierre de la entrevista:
-Cuando me pongo a pensar, me doy cuenta que hace 46 años que estoy acá y no puedo creerlo. ¡46 años! Se pasaron rápido… Pero soy un agradecido de la vida.   .El trabajo, es una de las mejores cosas que a uno puede sucederle. Por eso, acá me ves, siempre luchando…

 

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Don José Lavandeira y Fernando, uno de dos hijos, sostienen una reliquia: el primer libro de actas.

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¡EL PRIMER ACTA! La notificación acredita la «edad» de La Castellana. Con fecha 9 de abril de 1942, tiene exactamente 73 años.

MÁS IMÁGENES

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Comentarios

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